martes, 23 de enero de 2018

Regalos que no se pueden cambiar



En este mes en el que tantos cambios de regalos, tantos ticket-regalo y tanta elección al gusto hay, una interesante reflexión de Borja Riestra Marín sobre la actitud de regalar con desgana o hacerlo con verdadera intención, en la vida.

Pasado ya el tiempo de compras navideñas y metidos en la dinámica de rebajas, pensaba estos días en la fórmula que han encontrado para que un regalo nunca sea un 'chasco': El ticket regalo. 
Como invento comercial es estupendo: En caso de que la talla no sea la adecuada o no sea el regalo indicado, es una solución que a casi todos deja contentos.

Sin querer criticar a los tickets regalo, me hacía pensar la diferencia entre un regalo de una gran superficie comercial con uno de esos regalos que casi sólo sirven para esa persona que tienes en la cabeza.
La diferencia entre el regalo 'solución' y el regalo que con cariño piensas o encuentras en una tienda perdida de tu ciudad y que sabes que no tiene devolución porque es único, porque no falla. La diferencia entre el ticket regalo, o la lista de bodas, y esa «joya», que puede valer poco dinero, pero tiene un valor infinito. Es la diferencia entre hacer un regalo y hacer un REGALO.

Si digo esto es porque a mí me pasa. Muchas veces, prefiero no pararme a pensar con calma y cariño el regalo de mi madre por su cumple o el regalo para unos amigos por su boda.
Al final, atajamos comprando casi cualquier cosa y dejándole un ticket regalo por si acaso, sin darnos cuenta de que ha sido una oportunidad perdida para mostrarles el cariño que les tenemos, de dedicarles un poquito más de tiempo para hacerles el mejor regalo posible. Y todos sabemos que los mejores regalos no son sinónimo de dinero, sino de aquello que puede hacer más feliz a los que tenemos cerca.

Esta es la tensión que me habla de magis (más), de poder hacer las cosas bien regalando cualquier cosa; o de hacerlas mucho mejor dejando de lado las rebajas de la entrega y centrándome en darme. Ojalá que nuestros REGALOS sean con mayúsculas este 2018.

Borja Riestra, SJ

Ciao.

lunes, 22 de enero de 2018

Ser amable


Es un mantra que últimamente nos están recordando grandes personalidades... Desde las famosas tres palabras del Papa Francisco para hacer la vida familiar más agradable: Permiso, gracias y perdón, al discurso sobre las pequeñas cosas pronunciado por el Primer Ministro de Canadá en la Universidad de Edimburgo, Justin Trudeau, que revolucionó las redes sociales hace unos meses.
El propósito que os planteo va en esa línea. Se trata de poner amabilidad en lo que hacemos y vivimos. Como decía el santo jesuita Juan Berchmans se trata, en cierto modo, de hacer de manera extraordinaria lo ordinario… También eso es expresar amabilidad.

El adjetivo amable encuentra dos acepciones en el diccionario de la RAE.
La Academia nos dice que amable es, en primer lugar, alguien digno de ser amado y, en segundo lugar, alguien afable, complaciente, afectuoso. Si bien la dignidad de ser amados no hemos de ganarla a base de puños, la afabilidad, complacencia y afectuosidad sí que podemos trabajarla.

Quizá pensemos que la amabilidad solo se muestra a través de las palabras, en su forma y en su contenido, pero os invito a que esta cualidad que ahora nos proponemos cultivar vaya más allá. También con nuestra forma de estar, con nuestra postura, con nuestra manera de vestir adecuada a cada circunstancia… Todas nuestras expresiones exteriores, que muestran en definitiva lo que vivimos por dentro, pueden expresar afabilidad o falta de ella. Lo contrario a la amabilidad sería la agresividad. Se puede incluso expresar amablemente contradicción o falta de acuerdo.

¿Y por qué os proponemos cultivar esta virtud? Pues porque hace la vida más agradable a quienes tenemos alrededor, ¿Qué mayor gesto de generosidad? y porque, aunque el cambio tiene que venir de fuera a dentro, también la manera de expresarnos y de estar en el mundo van configurando nuestro mundo interior de manera que podamos percibir también nosotros la amabilidad en quienes tenemos alrededor. Es raro que ante la amabilidad alguien reaccione de manera agresiva, y así, iremos pacificando nuestro mundo de relaciones, nuestro entorno y, en definitiva, nuestro mundo.

Antonio Bohórquez, SJ

Ciao.

domingo, 21 de enero de 2018

Me callo pero no me callo



Con todas las polémicas que pasan a nuestro alrededor, parece que sólo hay dos opciones: O te metes, y te pringas; o te callas y permaneces al margen, haciendo verdad eso de ser dueño de mis silencios y no esclavo de mis palabras.
A mí personalmente, me cuesta posicionarme, porque existen muchos puntos de vista y porque como jesuita trato con gentes que piensan una cosa y la contraria. Al final, por miedo o por no estar seguro, decido callarme. Pero esto no significa que deje de pensar.

Ante problemas muy difíciles, todos tienen algo de razón. La verdad no es tan obvia y necesitamos medios como el diálogo, que ayuden a aclararnos.
El diálogo no entendido como lucha por ver quién tiene la razón, ni para ponernos de acuerdo acerca de quién está equivocado, sino como medio para encontrar la verdad y lo justo, que tanta falta nos hace.
Quizás no es tiempo de decir mucho, quizás no es momento de hablar más de la cuenta, y sí de escuchar. Y no hablo sólo de Cataluña, que parece que sólo podemos hablar de eso. Me refiero a la cantidad de noticias que aparecen en los medios de comunicación y que están cargadas de intereses, de todo tipo, casi siempre alejados de la verdad.
Desde política o noticias sobre nuestro equipo de fútbol a temas más complicados como el aborto o la eutanasia. Todos somos conscientes de lo diferente que es leer un periódico u otro, pero es más fácil bajar los brazos y discutir con los que piensan igual. Eso se nos da bien, aunque no es lo mejor.

Es tiempo de poner un poco de criterio, de que no valga todo, de no dejarnos llevar por soluciones a corto plazo que sólo sirvan a unos cuantos. Es tiempo de discernimiento, de respuestas razonadas, de más libros y menos tuits, de escucha, de más profundidad y menos respuestas improvisadas. Me callo, pero no me callo.

Borja Riestra, SJ

Ciao.

sábado, 20 de enero de 2018

Florecer


Nuestro corazón sigue buscando experiencias auténticamente humanas, de esas que toman su tiempo, que incluyen el anonimato e incluso la muerte; como el grano de trigo, como el brote sencillo que solo con el paso de los días se deja nutrir hasta estar maduro y florecer para encender el mundo con su belleza (Jn 15, 1-8).

Cristóbal Fones SJ

Ciao.

viernes, 19 de enero de 2018

El Don de la alegría



“Grandes cosas ha hecho el Señor con nosotros, estamos alegres”, reza el salmo 126,3.

En la Biblia, la alegría es un claro don del Espíritu. Dios es quien regala el don de su alegría. Y como todo regalo, debemos pedirlo, confiando en que el Señor es generoso y nos quiere alegres.
Basta con animarnos a mirar el mundo de otra manera para descubrir que allí Dios actúa.
Porque Dios no creó el mundo de una vez para siempre. Lo sigue creando cada día y a cada instante.
Si miramos el mundo desde sus ojos, veremos que sus huellas siguen latentes, y de esa presencia silenciosa es que brotará en nosotros el don de la alegría.
La alegría y el buen humor son algunas de las expresiones más genuinas del corazón humano.

Espiritualidad Ignaciana

Ciao.

jueves, 18 de enero de 2018

Con Dios en la trastienda


Quien más, quien menos, todos tenemos nuestro escenario y nuestra trastienda.
Como en los teatros, como en  los comercios, como en casa cuando hay visita, el 'escenario' es lo que se ve, lo que está preparado para enseñar, para gustar, para dar buena imagen.
En la trastienda, en cambio, están las cosas más desordenadas, tal vez más improvisadas, y se mezcla bueno y malo, limpio y sucio, orden y desorden.
Es importante dejar entrar a Dios en esa trastienda… Donde nuestra verdad es frágil y fuerte a un tiempo. Donde no hay que andar con justificaciones ni explicaciones…
Es ahí, en ese espacio, donde Dios puede enraizar en mi vida, y sanarla, y convertir mi corazón en corazón de carne.

Pastoral SJ

Ciao.

miércoles, 17 de enero de 2018

Palabras de amor, obras de justicia


«No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida.»

Estas palabras son parte del mensaje que el Papa Francisco ha promulgado con motivo de la I Jornada Mundial de los Pobres. Con el título «No amemos de palabra, sino con obras», se trata de una invitación a acercarnos a la vida de los pobres, con la intención de compartir y de encontrarnos.
El Evangelio nos urge, nos recoloca y nos invita a acercarnos a los más pobres, a los que sufren a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. Y en ese compartir, habrá intercambio.
Por una parte, bienes que han de administrarse de manera diferente. Por otra, el desprendimiento y la libertad que nos hace libres y nos enseña a vivir.
No hay teorías. No hay demasiados matices. No hay excusas ni alternativas.
He ahí una de las exigencias más radicales y más constantes del evangelio. Un Dios que se hace pobre. Un Jesús con los más pobres. Una misión entre los pobres. Una comunidad abierta a los pobres. Una bienaventuranza que nos ayuda a ver lo esencial. Una vocación que nos abre al encuentro.

Ojalá pongamos nuestros talentos al servicio de la causa de los más débiles, los más frágiles, los más golpeados por la vida. Ojalá cada uno sepamos amar con las palabras, pero sobre todo con las obras. Ojalá descubramos formas de transformar las estructuras que invisibilizan, que apartan o que excluyen.
Ojalá creamos, de verdad, que ese proyecto merece la pena y es posible. Ojalá, en fin, esta jornada sirva para que los 365 días del año se conviertan, para nosotros, en ocasión para la compasión, el encuentro y la conversión profunda a los valores evangélicos más radicales.

 José María Rodriguez Olaizola, SJ

Ciao.