sábado, 24 de febrero de 2018

La batalla por un tiempo con Dios


No sé si es algo muy general, pero la verdad que a ciertas edades y en ciertos contextos, la vida se acelera.
Tienes mil historias, estudios, academias, deportes, gentes a las que ver, una vida social inexcusable, reuniones, encargos que entregar… Y así se empiezan a poblar las páginas de la agenda (o los bytes si es electrónica, que también puede ser), de contenidos que te producen vértigo sólo de pensarlo.
Cuando esto me ocurre (por ejemplo al inicio de curso) es un reto el no dejarme arrastrar por el huracán de actividades y sí, en cambio, ser un poco dueño de las cosas y de mi propia vida.
Esta batalla merece la pena lucharla, sí o sí...

Pastoral SJ

Ciao.


viernes, 23 de febrero de 2018

Renuncio


Parte del camino en el seguimiento tiene que ver con la capacidad de ir dejando a la espalda muchas dinámicas, actitudes, bienes... Y lo haces porque te lanzas en pos de algo y Alguien que te apasiona. Consciente de que el que quiere tenerlo todo siempre, al final se queda atrapado en un sueño imposible de omnipotencia.
Renunciar es parte del amor. Y lo hacemos porque sabemos que lo importante es lo que abrazamos...

Pastoral SJ

Ciao.

jueves, 22 de febrero de 2018

Maneras de esperar a Dios



Creo que para un cristiano la palabra “esperar” debería tener siempre un significado activo. La espera no puede separarse de “buscar y hallar”, de “actuar”, de “compromiso”, de lo que un tal Ignacio de Loyola entendía por «en todo amar y servir».
La espera está llamada a ser verdadera pasión, agradecida, misionera, auténtica sed de Dios.

En mi opinión, hay dos arquetipos de la espera que ponen gráficamente de manifiesto dos concepciones contrapuestas de entender la espiritualidad.

De un lado, estaría “esperar el autobús”: se trata tan sólo de tener paciencia y ocupar el tiempo, de “dejar que el tiempo pase”, y que lo haga lo más rápidamente posible.
Sabemos que el autobús llegará más tarde o más temprano… El tiempo que tarde en llegar el autobús es, casi siempre, tiempo perdido. Conozco los horarios, con lo cual hay poco lugar para variaciones. Incluso si se retrasa, sabemos casi con total seguridad que se debe al “atasco matutino”. Nada de lo que hagamos hará que el autobús llegue antes. Es una espera que sabe, casi con total certeza, cómo será el término de la misma, qué aguarda al final.
Hay poco lugar para lo imprevisto, para la novedad. Si salgo de casa siempre a la misma hora, casi seguro que tendré que esperar siempre lo mismo en la parada del autobús. Hay una manera de entender la espiritualidad que conoce perfectamente todo el camino a recorrer (incluso ya sabe de antemano la voluntad de Dios). Donde no hay lugar para los cambios, la novedad, lo impredecible... Dónde y cómo haya encontrado a Dios en el pasado, lo encontraré en el futuro… Y es que podemos esperar como quien tiene a Dios domesticado.

Hay otro arquetipo de la espera. La espera de una mujer en estado de buena esperanza. La llegada de quien ha de venir es no sólo deseada sino anticipada, soñada, ilusionada. Antes de su llegada ya está presente, forma parte de nuestra vida y la condiciona. Es una espera que también conlleva miedos, que nos cambia la vida y que nos la cambiará aún más. Esa espera cambia nuestro cuerpo, nuestra psicología, nuestra autodefinición, nuestro ser. Es una espera que a menudo presenta “anticipos”. Es una espera en la que deseamos “dar la bienvenida”. Es una espera habitada por quien ha de venir (hasta se pueden sentir sus “pataditas”). Es una espera en la que hay cabida para nuestra acción; una espera que nos enraíza en la vida. Hay una manera de entender la espiritualidad que está abierta a un “Dios siempre mayor”, siempre nuevo.
Un Dios que da y se da, que habita las cosas, que trabaja por mí, que desciende a mi vida y a mi tiempo, a nuestras vidas y a nuestros tiempos. Esta segunda manera de esperar presupone que toda realidad está habitada por Dios. Esta espera significa poner en Alguien nuestra esperanza, y ese alguien no soy yo ni mi actividad. Correlativamente, la esperanza conlleva una espera para que no se trate simplemente de una ilusión. Para que no nos precipitemos por nuestras «fuerzas», sino que estemos preparados para recibir a ese Alguien.

«Vivir de esta manera la experiencia humana, el tiempo, equivale a vivir cada momento de cara a Dios, a lo definitivo. El aquí y ahora se densifica de tal manera que ya no hay que buscar más u otra cosa. La vida adquiere la plenitud e intensidad de lo último». (J.M. Mardones).

Pablo Guerrero, SJ

Ciao.

miércoles, 21 de febrero de 2018

El silencio de Dios


En un mundo donde las prisas y el activismo parecen dominarnos, siempre hay una queja ante la supuesta indiferencia de Dios por tanta injusticia y mal del que somos testigos diariamente.

¿Por qué permanece Dios en silencio mientras los buenos sufren persecución? ¿Cómo es posible que Dios parezca estar impasible ante tanto sufrimiento, dolor y muerte de inocentes?
Sólo hay una respuesta a este misterio: El silencio de Dios ante la muerte de su Hijo en la Cruz.

De esta manera, esa supuesta y aparente indiferencia es el grito más elocuente de Dios: Nuestra vida del día a día no es otra cosa sino la prolongación en la historia de la muerte en la Cruz del Inocente por excelencia.

Tu dolor, tu sufrimiento, tu enfermedad, tu renuncia personal, tu sacrificio escondido, tu generosidad sin palabras… Todo eso, son manifestaciones del gran silencio de Dios que –como diría san Pablo– con “gritos inenarrables” manifiesta al mundo que la única victoria es la de Cristo en la Cruz…

Vencedor del pecado y la muerte. Mira el silencio doloroso de la Virgen que permanece fiel junto a su Hijo en la Cruz. Su fidelidad también alcanza a tu sufrimiento incomprensible y sin sentido, porque te arropa con su ternura y misericordia para que esos silencios de Dios los descubras como amor sin condiciones.

(por Mater Dei)

Ciao.

martes, 20 de febrero de 2018

Maldita impaciencia


Creo que la espera también tiene mucho que ver con la paciencia. En un mundo de vértigo, más aún.

¿Por qué no me llaman YA? ¿Por qué no me escriben AHORA mismo? ¿Por qué pasan días, o acaso semanas, sin que llegue la respuesta a mis anhelos, cuando la urgencia me muerde? 
Me siento, en ocasiones, como un animal enjaulado, nervioso, inquieto, desesperado. Y lo peor es que la jaula tiene algo de irreal, de imposible, de tramposo.
Este mundo en directo nuestro tiene muchas ventajas. La facilidad para estar en contacto constante, a tiempo real, con todo el mundo, da calidad a nuestra vida y multiplica las posibilidades.
Acorta las distancias y evita los adioses. Cuesta dejar que se serenen los días. Pero es un aprendizaje muy necesario en este mundo de vértigo e inminencia. Permite estar siempre en contacto.
¿Cómo era el mundo sin internet, sin móvil, sin correo electrónico? ¿Cuánto tardaba en llegar una carta? ¿Cómo era tener que localizar a alguien sin presuponer que siempre estamos disponibles? Cuesta acordarse ¡Qué rápido hemos entrado en estas dinámicas de lo inmediato!

Pero la inmediatez puede ser una promesa envenenada. Te acostumbras a tenerlo todo al momento.
Y pierdes la costumbre de esperar, o de disfrutar de la memoria de los momentos buenos, porque demasiado pronto vuelves a pensar: «Quiero más». «Lo quiero ya». «Lo quiero ahora…».
El mismo grito urgente que te impide aceptar con gusto la espera, cuando lo bueno se retrasa. Y el primer agobiado es uno mismo, incapaz de saborear la vida, engulléndola con un ansia que nunca se sacia.

Dice San Pablo que «el amor es paciente…» ¡Ojalá! Uno se siente a menudo impaciente, preso de las prisas, temeroso de los silencios, queriendo marcar los ritmos. Y la incapacidad para atesorar lo vivido es en parte inseguridad, en parte miedo y en parte falta de fe. Pero, en cualquier caso, duele, aprisiona y nos aboca a la tristeza.
Creo que uno de los principales caminos hacia la libertad es ir cultivando esa capacidad para gustar despacio las cosas, para agradecer lo vivido o saber esperar lo que está por venir.

Cuesta dejar que se serenen los días. Pero es un aprendizaje muy necesario en este mundo de vértigo e inminencia. Así que, si agobia la urgencia, toca cerrar los ojos, respirar hondo, reírse un poco de la propia fragilidad y desprenderse de las cadenas con algo de estilo, buenas dosis de humor y una pizca de fe.

José María Rodriguez Olaizola, SJ

Ciao.

lunes, 19 de febrero de 2018

Salto al vacío



Como en el vacío no hay redes circenses, colchonetas de gimnasio ni amplias lonas de bombero que valgan...¿ Quién querría acercarse a un precipicio y saltar al abismo sabiendo que la caída que le espera conduce a la nada?
Hay veces donde el vacío se desdibuja. Qué sensación más placentera cuando aprendiendo a montar en bici, te quitan los ruedines, y una mano amiga te sujeta y sostiene por detrás. Qué seguridad lanzarse de cabeza desde un trampolín sabiendo que el agua te rodeará en un abrazo refrescante. Qué tranquilidad cuando tropiezas en la montaña y alguien -in extremis- te agarra evitando el desenlace fatal.

 Sin embargo en nuestra vida cotidiana las experiencias de saltar al vacío no hay que buscarlas mucho. Vienen solas y sin paracaídas: Cuando la vida se convierte en riesgo familiar o laboral y te la juegas en un triple salto mortal. Cuando la desolación se emparenta con la pérdida o el fracaso. Entonces llegan los momentos donde no queda más remedio que saltar al vacío. Como esas veces donde se nos acaba la “pista” de las oportunidades y toca aterrizar sí o sí. Cuando hay que tomar una difícil decisión y no las tenemos todas con nosotros. Cuando la vida se viste de duda y tenemos el agua al cuello y nos falta el aire por los agobios. O cuando todo parece difícil y es más fácil huir que permanecer. Es en esos momentos cuando toca saltar. Lanzarse a lo desconocido. Al misterio de la vida donde Alguien nos espera.

Por ti corro a la refriega, por mi Dios asalto la muralla (Sal 18, 30). Siempre que hay un “por ti” el abismo se hace más pequeño.
Cuando el amor y el agradecimiento nos mueven de verdad somos capaces de locuras y de saltar vacíos que antes no nos atrevíamos afrontar.
Por amor salvamos distancias imposibles y hacemos esfuerzos sobrehumanos; le sacamos 36 horas al día y como si fuésemos superhéroes nos llenamos de poderes inimaginables. Es cuando el milagro y la fuerza de Dios entran en nuestra debilidad y lo transforman todo. La vida, pues, tiene mucho de salto al vacío.
Los que no se la quieran complicar podrán quedarse siempre en la orilla del precipicio, en el borde de las cosas, como voyeuristas del mundo y de la vida de los demás. Otros, sin embargo, decidirán saltar, lanzarse al misterio e ir al meollo y a la entraña de las cosas. Solo estos últimos podrán gustar de la novedad y la sorpresa que Dios promete para los que arriesgan por amor.

Gerardo Villar, SJ

Ciao.

domingo, 18 de febrero de 2018

Abusos y ONG´s


Una reflexión necesaria y delicada de Alvaro Lobo Arranz, ayudando a huir de los diagnósticos de trazo grueso.

La vergüenza de los abusos sigue tocando nuevos ámbitos de nuestra sociedad occidental. Hace años fue la Iglesia y la política, estos últimos meses han sido el cine y el deporte y parece que los últimos casos apuntan al mundo de la cooperación internacional. Afortunadamente se ha pasado de la política de resolver los asuntos de espaldas a la opinión pública, a sacar la verdad a la superficie en el proceso de hacer justicia. Aunque la imagen de estas instituciones quede dañada, para que una herida cure es necesario limpiar a fondo y no dejarla cerrar en falso.

El mundo de la cooperación internacional no es un mundo perfecto -básicamente porque es humano-. En cuanto la erótica del poder y del dinero emergen, las consecuencias pueden ser catastróficas, llegando incluso a traicionar la propia esencia de una organización.
Es necesario afirmar que es una barbaridad, una vergüenza y una gran contradicción para las ONGs afectadas, pero no debemos tirar el agua con el niño dentro.
No podemos negar la tarea -imperfecta pero necesaria- de tantas organizaciones que no solo son conciencia de nuestra cultura, sino cauce de ayuda y ejemplo de instituciones que buscan sanar la humanidad. Es verdad que son siempre mejorables, pero sigue habiendo millones de personas que precisan de su ayuda y de su compromiso. Pero también nosotros, los que tenemos una vida privilegiada, necesitamos referentes que sean ejemplos de servicio y compromiso lejos de nuestras fronteras.

Hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece en silencio. Más allá de los titulares, las críticas -más o menos justas- y el dolor producido, no podemos olvidar que sigue habiendo miles de cooperantes repartidos por los cinco continentes trayendo la esperanza.
Gente movida por su fe o por su conciencia que se deja su juventud, su salud y sus sueños por ayudar al prójimo. Personas, que desde el amor más desinteresado, nos demuestran con más obras que palabras que otro mundo es posible. Al menos, a muchos de nosotros, nos siguen inspirando.

Alvaro Lobo, SJ

Ciao.